
Querida señora hermana:
Acabo de terminar de leer el libro que me prestasteis, arriba mencionado, y no me ha gustado nada.
No me ha gustado tener que leerlo con fecha de devolución. Yo, que leo en imágenes y por lo tanto muy despacio. Ya nada mas empezar, las imágenes de Santander me llevaban al 64 ó 65 (no recuerdo exactamente) cuando fui con el grupo de teatro a concursar en el Certamen Nacional de Teatro Aficionado, superado el nivel provincial, y en mi imaginación asociaba las imágenes de mis recuerdos con las que describe D. Sampedro en el libro, y cuando más estoy disfrutando, caigo en la cuenta de lo poco que he leído, así que tengo que imponerme disciplina y leer sin ver para terminarlo a tiempo.
No me ha gustado nada comprobar, al leer la solapa del libro, que yo a este artista de la vida lo había leído pero no recordaba su nombre. Solo sus obras.
No me ha gustado nada comprobar que mi teoría del traductor automático que todos llevamos dentro, es cierta. Cuando leí la Sonrisa etrusca, hace ya muchos años, como la historia sucede en Italia, automáticamente traduje el nombre del autor: Sanpietro. Al caer en la cuenta de mi error me han asaltado prguntas del tipo ¿cuántas traducciones automáticas habré hecho en mi vida? ¿con cuántas traducciones estoy viviendo ahora, y sin enterarme?
No me ha gustado nada ver lo anorante y asnalfabeta que soy si lo comparo con lo muchisimo que sabe. Y de tantas cosas....qué envidia.
No me ha gustado nada ver la gran capacidad de trabajo que ha tenido a lo largo de toda su vida. Yo, que con mis proyectillos voy haciendo alguna cosilla, pero en el fondo soy una vagaza, le admiro. Siempre admiro a las personas con gran capacidad de trabajo. De verdad, le admiro. Y le admiraría más si me lo permitiese la envidia.
No me ha gustado nada sentirme como su alter ego, o que él sea el mío. Porque dice muchas cosas que yo he dicho muchas veces como mías, su manera de pensar es tan pareja a la mía que de ahí la pretenciosa expresión de alter ego. Pero ¿cómo me va a gustar que él sepa decirlo tan bien y yo no?. Como veis, señora, otra vez la envidia, que, por mucho que digan, nunca es sana.
Otra cosa que no me gusta es la necesidad de ponerme a buscar sus libros para volverlos a leer. Cosa que, por alguna extraña razón, llevaba un tiempo rondandome la cabeza. Y como por circunstancias de la vida hace siete años que hice una donación de unos 300 libros a la biblioteca del pueblo, existe una gran probabilidad de que me lleve una decepción al no encontrarlos, por que para colmo de males no tengo carné de la biblioteca. Los buscaré el día que mi ánimo me permita llevarme una decepción.
Y éso, señora hermana, es por culpa del autor. Totalmente por su culpa. Sus libros son de esos que se abren, se empiezan a leer y cuando llega la familia pidiendo comida decís: ahí teneis, servíos lo que gusteis; que cuando debeis ir al baño, os las ingeniais para recomponeros los refajos con una sola mano por que la otra está ocupada sosteniendo el libro; que cuando vuestro esposo os reclama al lecho le decís ¡enseguida voy! y de repente os dais cuenta que la luz del candil se ve paupérrima porque lo que ilumina las letras es el sol de la mañana. Y así hasta que leeís la palabra FIN. Y luego, claro, hay que dejarlo descansar un tiempo. El suficiente para que repose dentro y poder volverlo a leer sin devorarlo.
Tampoco me ha gustado no haber sido capaz de relacionar con él todos los datos que tenía sobre él. He buscado en internet, que no me acaba de gustar por que cuando busco algo acabo yendo a una enciclopedia o a un libro, y solo con ver las "entradas" de sus apariciones en televisión se me ha abierto la memoria y he atado un montón de cabos. Y ya se lo mucho que me ha gustado su modo de pensar y lo afín que me he sentido siempre.
Pero, señora hermana, lo que de verdad le envidio, con envidia de verdad, no es su longevidad, si no que los años por su cabeza no hayan pasado al mismo ritmo que los años de su calendario. Me admira y le envidio lo mismo que a nuestra común abuela paterna: ese mente privilegiada que les permite unir a la inteligencia y el sentido común un perfecto funcionamiento, por muchos años que cumplan. Aaaayyyyy, lo que daría por saber que conmigo será lo mismo.
Ya veis, señora, que cumpliré mi palabra y os devolveré el libro en fecha. Sin desgastar, por que como el propio Don Sanpedro dice, por leer no se desgasta, y el objeto en sí lo he tratado bien. Pero tambien es cierto que lo haré muy a mi pesar por que tendré que volver a leerlo, pero esta vez sin devorarlo.
Recibid, señora, mi agradecimiento por vuestro préstamo.
Se despide vuestra hermana,
ésta que lo es
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